Ortega y Gasset y la convivencia intercultural
Ortega y Gasset (1883–1955) fue un filósofo clave del siglo XX que renovó la filosofía española con el perspectivismo, la razón vital y la razón histórica.
INTEGRACIÓN
Elie Ayurugali
4/13/20263 min read


Introducción
La célebre formulación orteguiana «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo» se ha consolidado como uno de los enunciados más influyentes de la filosofía española del siglo XX. Su fuerza reside en la afirmación de una comprensión relacional del sujeto, que cuestiona las concepciones individualistas de la identidad y sitúa la existencia humana en un entramado de condiciones históricas, sociales y culturales.
Desde esta perspectiva, la identidad no es un fenómeno aislado, sino una construcción contextual. El “yo” emerge en diálogo con su circunstancia, entendida como el conjunto de factores que posibilitan y orientan la vida humana. En un mundo marcado por la movilidad, la diversidad cultural y la transformación acelerada de los marcos de convivencia, esta lectura adquiere una relevancia particular para pensar la interculturalidad como dimensión constitutiva de la vida social contemporánea.
Identidad situada
La afirmación orteguiana desmonta la idea de un sujeto autosuficiente y propone una ontología relacional. La identidad se configura a través de la interacción con la lengua, la memoria colectiva, los trayectos migratorios, las instituciones, los vínculos comunitarios y las experiencias compartidas.
En clave intercultural, esta visión implica reconocer que la diversidad cultural no es un añadido, sino un elemento estructural de la subjetividad actual. La pluralidad se convierte en condición para la creación de significados compartidos y para el surgimiento de identidades híbridas, negociadas y en constante transformación.
“Salvar la circunstancia”
La dimensión normativa de la frase orteguiana se expresa en la exigencia de transformar activamente el entorno. No se trata de una adaptación pasiva, sino de un compromiso ético con la calidad de la vida común.
Trasladado al ámbito intercultural, este planteamiento supera los modelos basados únicamente en la tolerancia y exige la creación deliberada de condiciones que garanticen dignidad, reconocimiento y participación. “Salvar la circunstancia” implica:
fortalecer estructuras que promuevan la igualdad de oportunidades,
combatir dinámicas de exclusión y estigmatización,
generar espacios de interacción que legitimen la expresión de diversas identidades culturales.
La circunstancia, entendida como espacio social compartido, se convierte así en objeto de corresponsabilidad ética y política.
Interdependencia y cohesión social
La formulación orteguiana desmonta la ficción del individuo aislado. En sociedades culturalmente diversas, la interdependencia se vuelve especialmente visible: la marginación de un grupo debilita la cohesión social; la restricción de la expresión cultural empobrece el espacio público; la ausencia de diálogo alimenta estereotipos y tensiones.
La convivencia intercultural debe concebirse como un proceso estructural que reconoce la interconexión de los proyectos vitales. El bienestar individual depende de la salud del tejido social, y la cohesión colectiva se convierte en condición para el desarrollo pleno de las personas.
Interculturalidad como co‑producción cultural
Si el sujeto se constituye en diálogo con su circunstancia, la convivencia intercultural exige apertura a la transformación mutua. La cultura común no es un patrimonio fijo, sino una construcción colectiva en permanente reelaboración.
Este enfoque se distancia de los modelos asimilacionistas y concibe la interculturalidad como co‑producción cultural, lo que implica:
reconocer la legitimidad epistémica y simbólica de diversas tradiciones,
permitir que el encuentro genere nuevas formas de sentido,
comprender la convivencia como un espacio de creación compartida, donde emergen prácticas y narrativas que no pertenecen exclusivamente a ningún grupo.
Convivencia intercultural como proyecto ético‑político
“Salvar la circunstancia” adquiere aquí un significado ético y político que interpela tanto a las instituciones como a la ciudadanía. La convivencia intercultural requiere un compromiso activo con la justicia social, el reconocimiento mutuo y la ampliación de los espacios de participación democrática.
Esto demanda:
políticas públicas orientadas a la equidad y la inclusión,
prácticas educativas que fomenten pensamiento crítico y alfabetización intercultural,
dispositivos institucionales que garanticen la participación efectiva de grupos históricamente marginados.
La convivencia no es un estado dado, sino un proyecto colectivo que exige deliberación, corresponsabilidad y voluntad de transformación.
Conclusión
La formulación orteguiana ofrece un marco sólido para comprender la identidad como realidad situada y para fundamentar una ética de la corresponsabilidad social. El sujeto no puede entenderse al margen de su circunstancia, y la transformación de esa circunstancia es condición para su propio desarrollo.
Aplicada a la convivencia intercultural, esta perspectiva permite afirmar que la identidad se forma en relación con los demás, y que la posibilidad de una vida plena depende de la calidad del espacio común que construimos. La interculturalidad no es un desafío externo, sino una dimensión constitutiva de la existencia social contemporánea.
José Ortega y Gasset (Madrid, 1883–1955) fue uno de los filósofos españoles más influyentes del siglo XX. Los especialistas coinciden en que renovó profundamente el pensamiento filosófico en España gracias a su elaboración del perspectivismo, la razón vital y la razón histórica. Su obra ejerció una influencia decisiva en la vida intelectual, política y cultural de la Segunda República, así como en varias generaciones posteriores.
